martes, 29 de noviembre de 2011

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EL ORIGEN DE LAS CALAMIDADES


de nuestro puño y letra
EL ORIGEN DE LAS CALAMIDADES
por Carlos Rey

Era la noche del 9 de marzo de 1687. Acababan de recogerse en sus lechos los moradores de Santafé de Bogotá. De repente los hizo saltar de la cama un sonido retumbante que salía de las entrañas de la tierra. Cundió el pánico. Volvió a rugir el suelo subterráneo y los santafereños salieron a los patios. Cuando bramó por tercera vez, se volcaron en masa a la calle, lanzando alaridos y suplicándole a Dios misericordia. Tan seguros estaban de que se trataba de la ira divina que buscaron asilo en la iglesia más cercana, rogaron por el perdón de sus pecados y prometieron lealtad incondicional con tal de salir de allí con vida. Los gemidos de los aterrorizados feligreses no hicieron sino provocar el llanto de los niños y los aullidos de los perros. Cuando por fin cesó el estruendo, los espantados habitantes de Santafé volvieron en fúnebre procesión a sus hogares, como cadáveres que se dirigen al féretro, pero no volvieron a descansar en paz. Al contrario, pasaron largos meses en los que cualquier ruido nocturno les ponía los pelos de punta.
Si bien fue desmedida la reacción del pueblo, la de su máximo dirigente fue descomedida. A la hora de la verdad, el Presidente Don Gil de Cabrera y Dávalos no titubeó en atribuir aquel aparatoso ruido a una temible invasión extranjera que constaba de bombas, obuses y otras piezas de artillería, intensificadas por disparos de arcabuces y mosquetes y el redoble de tambores. Convencido de que iba a librarse una batalla campal, movilizó a la guarnición de la ciudad bajo la luz de las antorchas. Afortunadamente, no hubo que disparar ni un solo proyectil. No fue sino hasta que se había calmado del todo el temor colectivo, que se supo que aquello que los súbditos consideraron la manifestación de la ira de Dios, y el máximo mandatario una aplastante invasión luterana, no era más que el eco de un terremoto cuyo epicentro estuvo en el sur, a gran distancia de la tranquila ciudad colonial de Santafé. 1
Este capítulo de la obra Sucedió en una calle, escrita por el cronista colombiano Alfredo Iriarte, nos lleva a reflexionar sobre el origen de las calamidades. Lo cierto es que los fenómenos naturales, como los terremotos, no provienen necesariamente ni de Dios ni del diablo. Más bien, Dios permite que se desaten esas fuerzas naturales —que tienen explicaciones científicas— para que concentremos nuestra atención en las cosas de arriba y no en las de abajo. 2 Él sabe que si nos concentramos en la tierra, que es inestable y temporal, no descansaremos en paz ni en ella ni en el cielo eterno que nos ha preparado. 3 En cambio, si nos concentramos en el cielo, no tendremos nada que temer, aunque se desmorone la tierra, porque Dios será «nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia.»4

1Alfredo Iriarte, Sucedió en una calle (Santa Fe de Bogotá: Editorial Espasa Calpe, 1996), pp. 33-35.
2Ef 3:2
3Heb 4:9-11; Jn 14:1-3
4Sal 46:1-3

«EL NIÑO DEL CRUCE»

14 ene 08
«EL NIÑO DEL CRUCE»
por el Hermano Pablo

Se llamaba Juan José Ferrer. Vivía en el barrio de Villaverde, Madrid, España. Era alegre y vivaz, y siempre estaba con amigos. Pero un día desapareció de la casa. Lo buscaron por todas partes, pero fue imposible hallarlo.
Un año después un amigo suyo, Jesús Fuentes, confesó espontáneamente el delito. Él había estrangulado a Juan José «por gusto», en el kilómetro 6 de la carretera a Andalucía. Las crónicas españolas recuerdan a la víctima como «El niño del cruce». ¿La edad de cada uno? Diez años la víctima, y trece el homicida.
Casos como éste, hasta hace pocos años, ocurrían sólo entre adultos. Pero ahora son niños los que llenan las páginas de los periódicos con las crónicas rojas.
A Jesús Fuentes, por ser la última persona con quien Juan José había sido visto vivo, lo interrogaron innumerables veces. Pero ni detectives, ni maestros, ni psicólogos ni clérigos lograron hacerlo hablar. Casi un año después, espontáneamente, confesó todo y llevó a las autoridades al lugar donde había enterrado al amiguito. Lo increíble del caso no deja de ser que el homicida sólo tenía trece años de edad, y la víctima apenas diez.
¿Qué está pasando con nuestra niñez? Hay que decirlo. Es como un culto a la violencia, un desprecio por la vida, incitada, según el criterio de muchos, por esa influencia nefasta del cine y la televisión.
«El niño del cruce» podría representar a la sociedad sobre la línea de demarcación entre el temor de Dios y la total rebeldía de la raza humana.
Es imposible creer que pueda haber tanto desprecio por la vida humana sin que la sociedad sienta el golpe de conciencia. ¿Cómo es que el hombre —en este caso, el niño— puede engañar, robar, estafar y matar sin sentir el más mínimo remordimiento? ¿Qué de nuestra conciencia? ¿Dónde está el sentido de humanidad? ¿Acaso todos nos hemos vuelto animales? ¿Qué le está pasando a la raza humana?
Es que el hombre ha hecho caso omiso de Dios, y al no reconocer la soberanía divina cada uno se constituye en su propio dios. El resultado es una anarquía devastadora que destruye al individuo y a la sociedad. No puede haber sensatez mientras no se reconozca la autoridad de Dios en la vida humana.
Ya es hora de que sometamos nuestra voluntad al señorío de Cristo. No habrá paz, ni equilibrio ni cordura en el mundo hasta que Él sea Señor de la vida humana. Permitamos que esa paz comience en nuestro corazón. Sometamos hoy mismo nuestra vida a Cristo.